
En mi sueño estaba amaneciendo, y yo subía despacio las escaleras (siempre mojadas) que conducen a la Basílica del Sacré Coeur. Había tomado un ave, Zaragoza-París y me dirijía a una entrevista de trabajo.
Los primeros rayos de sol comenzaban a inundarlo todo y yo me sentía feliz, mientras aceleraba el paso, y pensaba en lo afortunada que era porque iba a conseguir instalarme, durante un tiempo, en la Ciudad de la Luz.
Al despertar, mi habitación estaba congelada y el murmullo del mercadillo de antiguedades de la Plaza San Bruno trepaba por la ventana. Salí a la calle a tomar un café y escuché villacincos en la Plaza del Pilar.
La sensación de estar de suerte todavía me acompañaba, y fue entonces cuando comprendí que si ahora no sueño con Zaragoza, es porque no tengo cámara de fotos.